sábado, 28 de abril de 2018

¿POR QUÉ LO LLAMAN "MANADA" CUANDO LO QUE SON ES "JAURÍA"?


El contexto de lo sucedido no es inocente: Sanfermines, una celebración
donde víctimas inocentes son sacrificadas para diversión del populacho.
Alcohol, desenfreno y todo tipo de excesos sin pensar en las consecuencias.

Como no podía ser de otra manera, la sentencia del juicio a la llamada "Manada" ha defraudado a quienes esperaban otra cosa que el frío pronunciamiento de una justicia garantista en la que solo se confía cuando confirma nuestras expectativas previas, y que, en este controvertido caso, parece haber ignorado la dimensión ejemplarizadora del fallo. No podía ser de otra manera si reparamos en que los jueces se han pronunciado sobre el delito de cinco mastuerzos, no sobre una mentalidad brutal y, por desgracia, todavía demasiado común que muestra lo peor del varón, pero no su esencia, como quiere hacernos creer cierto feminismo victimista y un tanto histérico. Es esa "anormalidad normalizada" (pero no normativizada, pese a la invocada "cultura de la violación", un pseudo-concepto fantasmal que merece un análisis en profundidad) lo que modestamente quisiera abordar en estas líneas.

Lo sucedido nos echa en cara, de un modo que no se puede ignorar, la imagen de una sociedad enferma donde el otro ha dejado de ser objeto de respeto para convertirse en una simple pieza a cobrar, un medio para la brutal autoafirmación de quienes se sienten respaldados por su mero deseo, donde el "porque puedo" ha sustituido a cualquier legitimación y la fuerza ha desplazado a la ética recorriendo el camino inverso al de un supuesto progreso moral que ya "ni está ni se le espera".

Cuidado con no acabar siendo rebaño. O,
directamente, no haber empezado siéndolo
Esto no va de machismo ni de feminismo, como nos cuentan los que necesitan simplificarlo todo para poder digerirlo, va del fracaso absoluto de una cultura incapaz de humanizar, sensibilizar y ennoblecer a sus jóvenes, donde el débil no es visto como alguien a quien reconocer y proteger, sino a alguien de quien aprovecharse, donde la fiesta ha dejado de ser celebración porque nadie sabe qué celebra, pero sí cómo, y ese cómo es esencialmente abusar del cuerpo y de la mente propios y ajenos, y donde toda conciencia es desplazada por el instinto, la irreflexión y la brutalidad.

El proceder de una jauría de depredadores capaces de caer sobre una chica de 18 años a la que solo son capaces de percibir como un trozo de carne en el que satisfacer sus impulsos más primarios y a la que abandonaron rota, semidesnuda y desamparada repugna a la más elemental conciencia. ¿No tienen los agresores madres, hermanas, compañeras, amigas a las que nunca querrían ver sometidas a lo que ellos perpetraron?

Y que no me venga nadie a semonear con que hay que respetar a las mujeres no por lo que se proyecte subjetivamente en ellas, sino porque son personas, porque lo importante es lo que uno hace o deja de hacer, y sus motivos pertenecen a su fuero interno, un espacio que algunos no dejamos invadir. Las leyes (positivas o morales) solo dictan conductas, no lo que hay que pensar o sentir. Eso solo pretende dictarlo el totalitarismo.

Todo lo que rodea a lo ocurrido en Pamplona apesta. Y apesta porque está haciendo aflorar lo peorcito de cada casa, y porque una vez más la histeria programada por los ingenieros sociales viene a sustituir a la necesaria reflexión. Y no debemos quedarnos en el simple sentir, porque nos aboca a la rabia, la impotencia y el deseo de venganza, emociones primarias y negativas a las que quieren reducirnos los que ganan con nuestro empequeñecimiento, con nuestra parálisis, con nuestra pasividad. Tenemos consignas, eslóganes y reivindicaciones prefabricadas, que se nos dan hechas y a las que la masa se ceñirá de forma borreguil. El firmante de estas líneas quisiera ir más allá de lo que se nos ha programado a hacer, porque cuando el griterío ahoga el análisis y la reflexión todos somos manada, jauría desatada, y eso es lo que toca rechazar justo ahora. Toca pensar, y para ello propongo tres reflexiones:

La pena máxima sería que llegasen a comprender lo atroz de
su acción. Esa condena duraría de por vida, aunque nueve
años de cárcel tampoco es precisamente un premio.
- Primera, "venganza" no es "justicia". De hecho es su contraria. La venganza cierra el conflicto en falso y deja la herida abierta. Y la justicia, tal como la concibe un Estado de Derecho, está encaminada a la rehabilitación del delincuente. Lo que sucedió en un portal de Pamplona no va a cambiarlo nadie. La brutalidad e insensibilidad de quienes lo hicieron sí puede aún cambiar.

- La exigencia en la calle de cuál debía ser el tipo penal a aplicarles a los acusados, y la presión ejercida sobre los jueces por el jucio paralelo de la masa indignada supone un proceder inaceptable. El tribunal que ha juzgado el caso ha podido equivocarse o acertar, pero está formado por profesionales que han accedido a pruebas y testimonios que el gran público ignora, ha deliberado pausadamente (demasiado pausadamente para las exigencias de la masa enfurecida) y ha acompañado su dictamen de profusos y matizados argumentos. Su fallo puede ser recurrido, y seguramente lo será. Malas noticias para los impacientes: esto tiene aún cuerda para rato.

- Las consignas que se leen en los medios y las redes sociales son de una simpleza, irresponsabilidad e inmadurez sonrojantes. Diríase que solo pretenden avivar el dolor y prolongar el odio. Sostener que "el miedo va a cambiar de bando" es apostar por perpetuarlo, no por suprimirlo. "La manada somos nosotras" es una forma de reconocimiento inmerecida al autoconcepto de unos miserables. "Estos jueces no nos representan" lo que representa es una ignorancia supina: los jueces no son portavoces de la voluntad popular, sino ejecutores de las leyes. Y la iniciativa ejercida en Change.org de pedir su inhabilitación -acusados ¿de qué? ¿de dictar sentencias impopulares?- oscila entre lo disparatado y lo oligofrénico, como testimonia su analfabeta redacción, que afirma que a la joven víctima le "robaron el teléfono para que pudiese ser auxiliada" (?).

Y ya puestos, ¿por qué no ejecución pública?
Es lo que tiene el actuar de forma precipitada en vez de reflexionar primero.

Finalmente, ignoro si estas líneas llegarán algún dia a la estudiante de la que todos hablan, pero cuyo rostro y voz permanecen en el anonimato, y cuya identidad ha quedado reducida a la "C" con la que los medios se refieren a ella. Si así fuera, solo espero no avivar su sufrimiento. No voy a hablar en su nombre, ni repetir el "yo sí te creo". Ignoro si quiso jugar con fuego y no pudo hacer valer su cambio de opinión ante unas bestias enceladas, o si hubo consentimiento durante los efectos del alcohol y arrepentimiento al recobrar la sobriedad. No me corresponde juzgarla. Me han impresionado sus declaraciones al reconocer durante el juicio que temía estar hundiendo la vida de cinco jóvenes, haciendo gala de la compasión que no tuvieron con ella. Y que tampoco tienen quienes salen a la calle exigiendo sangre.

De este triste suceso quedan seis vidas rotas que recomponer. Solo una de ellas cuenta con mi solidaridad y mi reconocimiento. Con mi piedad, todas.

(posesodegerasa)

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