miércoles, 22 de abril de 2015

"WISH YOU WERE HERE", 40 ANIVERSARIO DE UNA ABSOLUTA OBRA MAESTRA



"Ahora de casi todo hace ya veinte años", decía el poema de Gil de Biedma; "20 años no es nada", objetaba Gardel; ... pero lo inapelable es que va haciendo 40 años de muchas cosas. Entre ellas, de la edición de un álbum para el que los más elogiosos adjetivos acaban por quedarse cortos, porque en muy contadas ocasiones el rock ha llegado a las alturas de excelsitud, inspiración y belleza con mayúsculas que desborda la grabación que el grupo Pink Floyd entregó al mundo desde el desencanto de cuatro talentosos jóvenes que descubrían que no eran dueños del carrusel en el que viajaban a velocidades supersónicas, y que sin la inspiradora compañía del líder que puso en marcha la máquina, nada era como habían esperado. 

Syd Barrett, un talento desbordante malogrado por el abuso
de las drogas.
Ese líder, el "diamante loco" del tema inicial del disco ("Shine on You crazy Diamond", las iniciales lo dejan claro), se llamaba Syd Barrett. Fue el "alma mater" de un cuarteto de jóvenes estudiantes de arquitectura de la Escuela Politécnica de Londres volcados en el rock de vanguardia para los que ejerció de guitarra, voz, imagen pública y compositor de temas que podían ser tanto deliciosos himnos pop -"See Emily play", "Arnold Layne", etc.- como impredecibles viajes cósmicos que llevaban la música rock hasta confines hasta entonces inexplorados, y que disparaban la mente de los oyentes a lejanías desoladas, inhóspitas o abrumadoras. Los primerizos Pink Floyd (Barret, junto con el batería Nick Mason, el bajista Roger Waters y el teclista Rick Wright) fueron el máximo exponente de un modo de entender la naciente música psicodélica como incursión en lo irracional, lo delirante y lo alucinatorio, poniendo la banda sonora a la expansión mental -inducida o no mediante sustancias enteogénicas- de toda una generación.

Solo que no hay ruptura con la norma que no exija un peaje, y en este caso fue la imposibilidad de Syd para volver de sus viajes impulsados por el ácido. El LSD le voló, literalmente, el cerebro. No pudo integrar las vivencias que le proporcionaban sus cada vez más incontrolados tránsitos al "otro lado", y el ensimismamiento continuo, la desconexión con la realidad y la imposibilidad de asumir los compromisos mundanos del grupo -contratos, grabaciones, giras,- acabaron por convencer a sus compañeros de que se había vuelto un lastre para ellos. Fue sustituido por su amigo, el talentoso David Gilmour, y en pocos meses desapareció del universo floydiano.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Roger Waters,
David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright, Pink Floyd
en su formación clásica de los años setenta.
El grupo avanzó paso a paso un camino que con Syd había parecido un despegue cósmico, pero cinco años después de la dolorosa amputación del miembro inestable alcanzó la cima a la que se sabían llamados. El disco que lo logró fue el deslumbrante "Dark side of the Moon", una de esas obras maestras indiscutibles que logra expresar el "Zeitgeist" de una generación: la neurosis, el miedo a la locura, los agobios de la vida moderna, el sometimiento al dinero, ... todo ello está recogido y sublimado por las letras de Roger Waters y el discurso musical, compacto y sin fisuras, que un grupo en estado de gracia logra muy pocas veces, pero que con estos fuera de serie parecía meramente un hábito.

La repercusión de "The dark side of the moon" es difícil de resumir en pocas líneas. Musicalmente roza la perfección absoluta de un modo análogo a como lo hace el cine de Kubrick. Nada sobra en sus surcos, que enlazan cada tema con el siguiente con una fluidez que hace que el resultado sea mucho más que la suma de sus partes. Sencillamente, no puede ser pensado en otra forma que la que sus creadores le dieron: sonidos sampleados, canciones modélicas, interludios instrumentales donde la experimentación se hace su hueco, arreglos "jazzísticos", ... todo ello empastado por una producción detallista al máximo y una calidad de sonido que lo convirtió en el disco idóneo para probar equipos de música. Tan apabullante producto obtuvo un reconocimiento masivo, que hizo del album un éxito de ventas sin precedentes (llegó a permanecer 811 semanas en la lista Billboard, record que, dada la decadencia de la música comercializada en soporte físico, es improbable que sea superado jamás). El grupo se vio aupado al estatus de superestrellas, pese a que su imagen personal ni siquiera aparecía en la portada del disco (como en ninguno de los anteriores salvo su debut, "The piper at the gates of down", de 1967).

Pero tras del éxito, la satisfacción y el vértigo por su recién adquirida condición de superestrellas quedó una resaca que hizo que tardaran un tiempo inusualmente largo para su trayectoria precedente -dos años- en volver a grabar en estudio. Sus fans esperaban de ellos otra entrega revolucionaria, compleja y grandiosa, otra obra total irreductible a sus partes integrantes. Ya les habían entregado la luna. Lo prodigioso es que al final no defraudarían unas expectativas tan absolutamente desorbitadas.

Eso sí, el camino hasta la materialización de su segunda gran obra maestra fue, cuanto menos, tortuoso. El grupo que había tocado el cielo decidió que no había límite para su creatividad -ya habían grabado con una orquesta clásica, realizado música para ballet, registrado sus temas en las ruinas de Pompeya y compuesto la banda sonora de varios largometrajes- y se propuso lanzarse a la locura experimental de samplear todo tipo de sonidos domésticos para crear con ellos una sinfonía que llamarían The Household Objects. Las grabaciones que llegaron a moldear les demostraron que el pretencioso camino emprendido no les llevaría demasiado lejos (aunque es justo reconocer que el fragmento que ha sido editado en la serie "Immersion" dedicada a "Wish you were here" no carece de encanto).

Decepcionados con su relativo fracaso y cada vez más cuestionados por la crítica musical inglesa, que no les perdonaba el éxito obtenido en un mercado norteamericano literalmente rendido a sus pies, la rabia iba a ser -un vez más- el motor creativo que llevó a la dupla Waters-Gilmour a plantearse un desafío creativo que iba a fructificar en la que muchos consieramos su "opus magnum", y respecto a la cual unos inicialmente indolentes Mason-Wright, más inclinados a gozar de su novedosa condición de multimillonarios -disfrutando el primero de los coches de lujo y el segundo de los paraísos artificiales que el acceso irrestricto a todo tipo de drogas le brindaba-, mantuvieron inicialmente un descorazonador escepticismo, probablemente debido al autoconvencimiento de que el listón de "Dark side of the moon" era imposible de superar.

Waters, que poco a poco iba asumiendo el liderazgo de la banda, pensaba de otra manera. Planteó el reto que encaraba el grupo como una oportunidad de cerrar la boca a sus críticos y ajustar cuentas con la industria musical, que les invitaba a convertir su colosal éxito precedente en una fórmula a explotar. En vez de acogerse al camino fácil, trabajó arduamente una serie de temas -básicamente, "Raving and Drooling", "Gotta Be Crazy" y "Shine On You Crazy Diamond"- que el grupo había ido dando forma en su gira por Francia y Reino Unido en 1974, y de los que al final el último se convirtiría en el eje central del disco (las otras dos acabarían por transformarse en piezas integrantes del siguiente disco de la banda, "Animals", editado en 1977). "Shine on you crazy Diamond", inicialmente basada en una hipnótica secuencia de cuatro notas improvisadas por Gilmour a la guitarra, fue dotada de una melancólica introducción al órgano y acompañada de una evocadora letra que, celebrando la camaradería de los tiempos pasados, acabó por convertirse en una elegía por el ausente Barrett. El tema fue creciendo hasta convertirse en una suite que podría haber ocupado una cara entera del disco, al modo del épico tema de 1971 "Echoes", probablemente su mayor logro musical de la época pre-Dark side of the moon. En vez de ello, se decidió que su primera parte abriría el disco y la última lo cerraría, insertándose entre medias la secuencia formada por los otros temas del álbum.

Recuerda cuando eras joven
brillabas como el sol.
Brilla en tí, loco diamante.

Ahora hay una mirada en tus ojos
como negros agujeros en el cielo.
Brilla en tí, loco diamante.

Fuíste atrapado por el fuego cruzado
de la infancia y el estrellato.
Vuela sobre la brisa de acero.

Ven en tí, blanco de lejanas sonrisas.
Ven en tu desconocimiento, tu leyenda, tu martirio, y brilla (...)



El cinco de junio de 1975 el grupo se hallaba en los estudios Abbey Road de Londres grabándola cuando, como si hubieran pronunciado una invocación al espíritu de su fantasioso y paranoico líder original, el propio Barrett se dejó caer por allí. Calvo, gordo, con aire ausente, vestido con una gabardina blanca y víctima de un deterioro físico y mental lamentable, al principio sus antiguos compañeros ni siquiera le reconocieron. Al hacerlo, Waters lloró. Los intentos por conversar con él sobre trivialidades solo sirvieron para poner de manifiesto que su mente ya no estaba allí, sino en algún lugar inalcanzable solo a él accesible. Fue invitado a la cercana boda de David Gilmour, celebración en la que su presencia inquietó a los invitados que no le conocían, y de la que se marchó sin despedirse. La banda nunca lo volvió a ver (murió en junio de 2006 en el más absoluto anonimato).

La visita del homenajeado sumió al grupo en un estado de desolación fácil de imaginar. Comprendieron, sencillamente, que el reconocimiento a su contribución, el agradecimiento y las palabras tardíamente dichas no iban a ser ya nunca recibidas. El aire de derrota y soledad -y cierta mala conciencia por el modo en que le dejaron a la intemperie- que aquel episodio supuso impregnan los surcos del disco, un album triste y hermoso que tiene mucho de confesión de impotencia, de la imposibilidad de saldar deudas morales y emocionales, y de la insatisfacción que dejan las relaciones que se enfrían y son sustuidas por meros simulacros. En un momento de definición de los contornos del album, sirvió también para inspirar la letra de la sencilla y bella canción que finalmente iba a darle título y completarlo.

¿Crees que puedes distinguir el cielo del infierno,
el firmamento del dolor?
¿Puedes diferenciar el campo verde de una fría barra metálica?
¿Una sonrisa de un disfraz?
¿Crees que realmente puedes?

 (...)

Ojalá, ojalá estuvieras aquí.
Solo somos dos almas perdidas nadando en la pecera, año tras año.
Corriendo sobre el mismo y viejo suelo,
¿qué hemos encontrado?
Los mismos y viejos temores.
Ojalá estuvieras aquí.



El exorcismo presente en las letras de Waters es de los que ponen un nudo en la garganta. Y aún no he hablado de los dos temas que siguen a la primera parte de "Shine on you crazy Diamond" y preceden a esta bella canción acústica y al cierre del tema que sirve de eje al trabajo. Son dos duros ajustes de cuentas con una industria cínica y explotadora como es la discográfica, a la que pocas veces se ha expuesto con la rotundidad y crudeza que se permite el airado Waters, primero sobre la base pulsante de los sintetizadores de "Welcome to the machine", un tema de atmósfera tensa y agobiante, y después en la sinuosa "Have a cigar", retrato de los cantos de sirena con que empresarios sin escrúpulos halagan los oídos de músicos principiantes con los que hacer negocio, tema al que puso voz el cantautor Roy Harper, que se hallaba en los estudios y que, siguiendo la costumbre de los Floyd, sería invitado a colaborar con ellos (incluso Stephane Grapelli fue convocado, acompañando con su violín una versión del tema "Wish you were here" que se encuentra entre los extras más suculentos de la caja "Inmersion", editada hace cuatro años; el altivo Yehudi Menuhin rechazó, en cambio, la invitación de "aquellos cuatro melenudos").



El album sería editado el 12 de septiembre de 1975 en Reino Unido y al dia siguiente en los E.E.U.U. La discográfica EMI tardó bastantes semanas en poder atender la enorme cantidad de pedidos recibidos desde todo el mundo. El grupo había demostrado que, sencillamente, ya no tenía absolutamente nada que demostrar, aunque todavía le quedaban por entregar dos obras mayores antes de sucumbir a sus propios demonios internos y romperse antes de su nueva encarnación en los ochenta, ya sin Waters. Pero esa es otra historia ...

(posesodegerasa)

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